Desabrochando a Martha

1. No me gusta el queque
2. No me hicieron fiestas de cumpleaños cuando era pequeña
3. En mi época universitaria, mis fiestas era épicas
4. Hago la cuenta regresiva desde muy pequeña
5. Llamaba a mis papás a la oficina para recordarles que faltaban x número de días para mi cumple y después colgaba
6. De grande también
7. Después de la primera semana, mi familia se harta, lo cual no quita que lo siga haciendo
8. La lista de regalos comenzó con mi amiga Melili
9. La gente nunca adivina mi edad
10. Nací el mismo día que se conmemora la caída de la primera bomba atómica
11. El mejor regalo fue un viaje a México a mis 15 años.
12. Casi nunca saco vacaciones el día de mi cumple
13. Para una fiesta, puse instrucciones específicas de lo que debían hacer mis invitados antes de llegar: terminé con 15 paquetes de herraduritas de Giacomin
14. Mi mamá y mi hermana me mandaron flores al colegio para un cumple y mentí despiadadamente, diciendo que me las había mandado un mae que conocí en la playa unas semanas antes.
Nota aclaratoria: sí conocí al mae y hablábamos por teléfono, es más, fue el primer mae con el que baile salsa… solo que el no me mandó flores.
15. Me gustan los días lluviosos… nada tiene que ver con mi cumple… pero bueno, diay… fijate vos…

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La verdad es que es muy difícil aceptarlo tan públicamente como en un blog.  Yo siempre lo he sabido, desde pequeña en realidad.  Es más, creo que mis papás y mis hermanos siempre lo sospecharon, pero no era un tema que se hablara abiertamente… es decir, mi conversación sobre sexualidad con doña Martha se dio a mis 18 años, en la romería antes de irme de intercambio, cuando ella me señaló una valla de condones Durex y me dijo: “bueno… ya sabe…

Así es que esto de hablar de cuál era mi preferencia sexual, no era algo que se diera.  En fin, lo cierto es que a mí siempre, desde pequeña, me han gustado los hombres.  Es más, a los 5 años le pedí a Leonarndo García que fuera mi novio, pero me dijo que no porque era novio de Stephanie.  Eso no impidió que en todas las fotos de anuario yo saliera viéndolo, con ojos de vaca ahorcada.

Ufff… la verdad es que es un alivio admitir mi heterosexualidad y que todo el mundo lo sepa de una vez por todas: me gustan los hombres,  me encantan los hombres.

…así es queeeeee… ¿qué hay de comer?…

Suena raro, ¿verdad?

O sea, ¿qué es este tipo de payasada, Martha?  ¿Qué te está pasando por la mente?

Bueno, si les parece una tontera que yo haya admitido que soy heterosexual, ¿por qué es una necesidad que nuestros amigos homosexuales lo admitan públicamente?  ¿Qué es ese deseo casi mórbido de señalar al otro para poder ponerle una etiqueta?  ¿Qué será?  ¿Pensamos que los vamos a rescatar de sus ataduras y le vamos a otorgar la libertad ansiada de ser lo que son?  ¿En serio pensamos que tenemos ese poder?  ¿O será más bien que lo ocupamos para poder hacer/resistir chistes denigrantes, ponerles apelativos despectivos y asegurarnos de no salir medio chingos delante de ellos porque y vaya a ser que les guste todo esta belleza que hizo mi mamá y Dios me dio.?

No me tomen a mal: entiendo que hay una necesidad individual por aceptar el verdadero Yo con todo y ángeles, demonios y bestias. Si es su deseo admitirlo porque ya no puede más, no puede seguir aparentando lo que no es o simplemente le dio la regalada gana… pues hágalo, que aquí todos creemos ser libres.

Mi crítica es hacia todas las personas que exiguen que alguien “lo admita”, es hacia ese egocentrismo, ese narcisismo que sentimos por encasillar a los que nos rodean.  Y lo digo en primera persona plural porque, por mucho tiempo, yo lo sentía así.  Por un lado, porque soy curiosa, por el otro porque en eso se esta convirtiendo esta sociedad.
El día que me di cuenta del error estaba hablando con un ex.  Él cayó en cuenta que amar se siente igual en cualquier cuerpo, se siente rico compartirlo y que qué importa si al vecino le gusta hacerlo con un tipo o una tipa, siempre y cuando no le haga daño a nadie, por supuesto.

¡BOOM! Su cerebro explotó.

Lo cual es cierto: el saber su sexualidad no le da un valor agregado a nuestra relación de amigos, porque lo interesante es que no le quita su habilidad para compartir secretos, frecuentarnos para tomar un café y contarnos nuestras vidas, acompañarnos en los momentos difíciles, celebrar acontecimientos magnánimos y participar de las cosas que le gusta al otro, en la seguridad que brinda el cariño mutuo.

A lo que voy es que dejemos vivir al otro a como nos gustaria que nos dejen vivir…

No sé cómo se llama.  No sé quién es.  No sé si tiene familia.  No sé cuáles son sus sueños, sus metas, sus ideales.

Pero no se me sale de la mente esa última mirada.

Alto, moreno, ojos verdes, cabello castaño y tez bronceada: bien podría ser pakistaní, afgano o árabe.  Un día de tantos, comenzó a llegar al súper del chino cerca de mi casa.  Ayudaba a empacar las bolsas, a acomodar los estantes, a cuidar la puerta.

Es indiscutible su atractivo, pero lo que más me impactó fue su cara siempre inexpresiva y su mirada como si leyera mis pensamientos, como si supiera mis secretos, mi pasado.  Es de esa clase que por más voluntad en el corazón, solo el amor podría la sostener.  Desde que él se daba cuenta que me iba acercando, la mirada era fija en mí y yo la sentía cómo me seguía detrás, por cada uno de los pasillos del establecimiento.

Yo lo veía porque es un confitico al ojo, ni loca que una estuviera como para no aprovechar ver tanta belleza en un solo lugar.  Pero mi malicia indígena se despertaba y al acercarme, movía mi cabeza en otra dirección, suficiente, solo lo quiero para mirarlo, no voy a dar pie a nada más.  Al final de cuentas, estos son los barrios del sur de la capital josefina.

Estoy segura que él y yo sabíamos que él sabía, que yo sabía, que los dos sabíamos.  Además, ustedes me conocen: las neuronas del disimulo nunca se encontraron en mi cerebro…ahí deben de andar buscándose.

El nunca me dijo nada, ni yo a él.  No sé si tiene la voz grave o si es amable o si tiene los dientes torcidos.

Porque seamos honestos aquí: cada vez se hace más difícil socializar con un completo desconocido y ni entre conocidos nos vemos a los ojos.  Vivimos en un mundo donde estamos conectados todo el día, hablamos, compartimos, nos contamos la vida y milagros… pero cómo cuesta vernos.

En fin, él ya era parte de escenario en la pulpería: su presencia era innegable y constante.

El tiempo pasó y desapareció hace meses.

…hasta el sábado pasado…

Iba caminando hacia la feria del agricultor.  Él estaba con dos tipos de dudosa reputación, de esos que llamamos raticas.  Desde que lo vi en la esquina, sentí un vacío en el estómago: parado al frente de Narcóticos Anónimos, con la ropa que bien pudo haber sido del tío gordo que falleció, demacrado.

Desde que me vio, no me quitó la mirada.  Le dijo algo a los tipos que lo acompañaban, me volvieron a ver y comenzaron a vomitar culebras y sapos:“uy mami, qué rica que está, qué piernotas como para…”

El no dijo nada.

Yo no le pude quitar la mirada porque le vi algo extraño, diferente.

Fue él quien volteó su rostro cuando pasé al frente.

¿Tristeza? ¿Vergüenza? ¿Timidez?

Desde entonces, no me lo he podido sacar de la cabeza.

TODAVIA!!! #doñaYelba #89 #cumpleaños #tresleches #yum #nomnomnom #feliz #fiesta

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Martes a las 8:30 ya tengo la práctica de los últimos 15 días de contestar el celular apenas sonara.  En media reunión telefónica con gente de todo el mundo, apenas me salió un excuse me, excuse me…  ¿Cómo se dice en inglés que a Yelba le quedan horas por vivir? … I gotta go, my grandma is in the hospital, my mom just called, hours left… bye…

¿Cuál es su nombre? ¿Yelba de Solano?  No, ¿Yelba Chaves?… Yelba Moreira… mi abuela está falleciendo en el cuarto piso… la desesperación en mi cara debió de ser muy explícita porque el de seguridad ni revisó los permisos, solo me dejó pasar.

Poco a poco, miembros de mi familia fueron llegando para tener unos minutitos a solas para desearle buen viaje, saludos al abuelo, perdonar, tranquilizar, decir adiós.  De verdad, ¿alguien se ha puesto a pensar qué es lo que se le dice a esa persona que está a punto de morir?

Las horas se hacen eternas en la espera más angustiosa de la vida.  Además de ser paradójica porque no querés que muera.  Pero por lo mismo, querés que ya descanse, que no vuelva a sufrir, que no le duela nada.  ¿Será por eso que se llama agonía?  ¿Se referirá más a lo que uno siente que a lo que ellos pasan?

El doctor nos explica que no hay una forma de saber cuánto tiempo durará: a como pueden ser unos minutos, han habido casos que duran hasta dos semanas.  Así es que decidimos irnos a descansar a nuestras casas, excepto doña Martha.  La muerte de mi abuelito Bertilio, solo en una silla de la sala de Emergencias, esperando a ser atendido, ha dejado huella y por eso se rehúsa a dejarla.

Yo no puedo dormir.  Gracias Dios por Netflix.

A las 12:30 mi corazón late a mil por hora cuando siento el teléfono vibrar.

“Ya mi mamá está descansando”

“Ya voy para allá.”

En la sala del hospital, una prima está llorando, doña Martha hablando con su hermana y yo estoy sosteniéndole la boca a Yelbis para que no se le abra, con los ojos cerrados porque tengo la peor relación con la muerte: no me gusta verla.  Pero por más que los apreto, no paran de salir lagrimas… ¿qué es este dolor tan terrible en el corazón?

Todo fue tan rápido y, al mismo tiempo, tan largo.

Si me preguntan, yo estoy tranquila, aunque me siento en un limbo porque no estoy ni bien, ni mal.  Solamente estoy.  Lloro cuando me acuerdo de momentos específicos, como hace unos meses cuando murió Pita, la mamá del proge: por alguna extraña razón, yo sentía a Pita como la abuelita chineadora quien me llevaba a comprar leche de caja porque yo no tomaba de vaca.  Yelba era más como la abuela que cuidaba todos los días, por eso y mil razones más, era más fuerte, regañona, que demostraba su cariño a su manera.

Después del funeral, me fui a la casa de Yelbis.

“¿Qué te pasó?  ¿Por qué andás triste?”

“Murió Pita”

“¿Quién era ella?”

“La mamá del proge”

“Entonces, ¿qué era tuyo?”

“Mi abuelita”

Silencio

“No te preocupés, que todavía te quedo yo… vení, sentante a la par mía.”

O cuando me acuerdo que hace un mes, ya se le iba el patín y juraba, por un Dios en los cielos, que estaba cumpliendo años.  ¿Qué hace uno en esos momentos?  Llevar flores, comprar queque y celebrar.

Cuando estaban metiendo su cajita en el nicho, a doña Martha se le ocurrió una idea maravillosa: si doña Yelba fue siempre tan graciosa, con un sentido del humor tan espectacular… qué mejor manera de despedirla que contando aquellos momentos graciosos, como cuando me invitó a tomar café para confirmar mi sexualidad.  Todas nos acordamos que para los cumpleaños nos regalaba cosas que ella ya no usaba, pero que debían de tener algún valor para ella, como el famoso fustán para vestido de novia.  De la vez que salió de una tienda de Bush Gardens con un mono de peluche, que hasta la tarde se dieron cuenta que no lo había pagado nadie y aun así, se lo quería vender a otra prima.

En la homilía, el padre decía que teníamos que pedir mucho a Dios, que debíamos tener “…la esperanza que está en el cielo…”

La Esperanza, Yelba Esperanza, está en el cielo.

Nadie dijo nunca lo contrario, pero es peor cuando esto lleva años… quinquenios… cuando ya son décadas de arrastrar el esqueleto de un fantasma que nació muerto.

Terminar con quien crees estar enamorada es uno de los peores eventos de la vida porque queda un vacío tan grande aquí, en el pecho… una ansiedad… un desatino… un je ne sais quoi

Empieza con la angustia apocalíptica de no poder ponerle otro nombre a la relación porque no se ha engendrado ese chiquito de la cotidianidad, de la intimidad, de los planes a futuro. No se puede pensar en proyectos porque no caben en esta locura. No se puede decir con libertad lo que se siente, lo que se desea porque es más grande el pavor a perder lo poquito que hay.

Pero, desgraciadamente, se siente, se desea.

Caes en cuenta que ya no podes invertir ni un microsegundo más de vida porque estás traicionando lo que siempre has creído: la vida es para ser feliz.

El legítimo: entre la espada y la pared.  Te conformás con los minutos de felicidad que te dan, te agarras a ellos como si fuera el cáliz de vida.  Aunque verdaderamente está lleno de amargo.  Empezás anhelar la vida de los otros y, después de medianoche, le das de comer al gremlin de la envidia: tome, jarte pizza y pastelitos como una perra porque si voy hacer un mounstruo, más vale que sea horrible, bien espantoso, para que corroa con ganas.

Mas llega el día en que si entregás el último gramo de energía que te queda, morís.  Solo queda la opción de enfrentar el duelo del desamor, de la soledad.  Comienza el tedioso proceso de abrazar la tristeza, darte el lujo de sufrir, de bordear los límites con dolor, mucho dolor.

Y entonces, un día…

T – “… no, esa boca… no me gusta cuando ponés esa boca…”

Y – “¿Cual boca? ¿Por qué? ¿Qué hago? ”

T – “Esa boca la conozco… la pones cuando estás pensando…”

Y – “¿Pensando qué?”

Silencio

T – “Que todo esto está mal”

Y – “Es que todo esto está mal”

T – “No me digas eso”

Y – “Pero vos entendés por qué”

T – “Sí”

Y – “¿Por qué?”

T – “No lo voy a decir”

Silencio.

Lo ves a los ojos… ¡Cómo cuesta ver a los ojos!… Llevalo a la mil cuando estás esperando que el tipo diga tenés razón, hagámoslo: escapemos a Timbuktu y seamos felices dándole la vuelta al mundo, como los errantes pájaros marinos… 

Es difícil mantener esa mirada durante el silencio porque mata…. ratatatata…. morís baleada por mil palabras no dichas.

Y – “No puedo más… No quiero más”

Le decís una y dos y tres veces más.  Él lo sabe.  Te abraza, fuerte, duro, no te quiere soltar, no te quiere dejar ir.

T – “Siento que soy tu problema.”

Lo sos.

Algún día vas a dejar de serlo.

¿Qué tal si intentamos que sea hoy?

En mis 33 años de vida, he vivido 12 casas diferentes y puedo decir con conocimiento de causa que no hay forma de que se simplifique el proceso, por más que se regale ropa, se bote adornitos y se intente vivir una vida minimalista.

Lo que si me he dado cuenta es que hay momentos en los que ha sido más oportuno que otros, ya sea por la madurez o la solvencia económica.  Pero lo cierto es que, no es solo el deseo lo que hace que estés lista de abrir tus alas y volar a la independencia.  Es una decisión fuerte de la que el monedero tiene que estar preparado..

Mayor de edad + Trabajo estable = dinerrrrro en el bolsillo

Primero y antes que nada, hay dos cosas fundamentales: tenés que ser mayor de edad y tener un trabajo.

Hay excepciones, como cuando vives en una zona rural y estudiás en la capital, por ejemplo.  Pero inclusive es medio mantequilloso no es tan radical porque muy probablemente tus papás siguen mandando dinero para pagar la casa, la comida, transporte y así.  Lo cual no es malo, si no que mucho más beneficioso porque es una escuela que te va facilitar el proceso para cuando decidás hacerlo por vos misma.

Cuando me refiero de mayor de edad es que uno simplemente necesita a los padres hasta cierto punto en la vida para aprender, sobrevivir y quemar etapas. Yo sé que hay veces que uno quisiera meter todo en bolsas de basura y jalar como pájaro errante, lo único es que no es tan fácil emanciparse.

Y bueno, es obvio que es fundamental tener un trabajo estable porque si no, ¿cómo vas a pagar una renta?, ¿qué vas a comer?, ¿cómo te vas a transportar? y hay que sumarle gastos como los servicios, la ropa, las emergencias… en otras palabras, en este mundo capitalista hay una necesidad de vender horas de vida productivas por chuchosky.

Un Plan B

El plan B responde a la pregunta más sencilla: ¿qué pasa si no puedo/quiero/me gusta?  Hace casi 10 años, me fui a una casa con un par de viejas locas.  La casa era bella, lo malo era la autopista súper transitada que estaba detrás.  En esa época, trabajaba de 10 de la noche a 5 de la madrugada y me era imposible dormir por el escándalo de la autopista, entonces, terminaba en la casa de doña Martha.

La gota que derramó el vaso fu un día que regresé a un caos descomunal: ambas habían hecho una fiesta de tal magnitud que una había terminado desmayada, diciendo que el novio le había succionado el alma con un beso.  La otra decía que el mejor amigo del novio de la otra, se había metido a su habitación y se había aprovechado de ella.

Yo quedé pasmada.  Hasta la fecha no puedo decir qué pasó ahí, pero en ese justo instante me di cuenta que no podía más.  Hice maletas, llamé a doña Martha y me regresé a su casa.  Gracias a Dios todavía tenía la oportunidad de regresar.

Fondo de emergencias

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Si te enfermás, si se te daña la refrigeradora, si se te enferma la mascota, lo que sea: siempre hay que mantener un ahorro para imprevistos.  El proge, quien tiene una Maestría en Finanzas, siempre decía que uno debía mantener un ahorro igual o mayor que el salario bruto que estuvieras ganando en el momento.

Evidentemente, no es mi caso porque Zara/Stradivarius/Mango.  Pero sí es importante tener ese colchoncito para no tener que recurrir a tarjetas, bancos o mejores amigas porque los primeros cobran mucho interés y la última da mucha vergüenza.

Tener un presupuesto

Un presupuesto no es solo decir: ah bueno, ocupo plata para comer, pagar el alquiler y salir… todo bien…

Un presupuesto significa saber la cantidad exacta de dinero del que debes contar para cumplir tus responsabilidades.  Hay cosas que simplemente no podés dejar de pagar como el préstamo del carro, el agua, la luz, el internet… necesidades básicas e indispensables que se le llaman gastos fijos: el monto puede variar, pero el pago debe de hacerse.

Antes de contar ninguna anécdota, debo de admitir que este saber sobre finanzas no se transmite por los genes porque yo soy una res con la plata.  Todo lo que sé, lo he aprendido en cursos que dan en el trabajo y a la brava.

Uno de mis momentos más brillantes fue viviendo con Tista, se me ocurrió pedir un adelanto de salario en la asociación de empleados del trabajo.  Lo que no sabía era que al mes siguiente me iban a rebajar todo y no iba a tener el disponible suficiente para pagar el alquiler, comer, pagar recibos o ir a la oficina.  Cuando le dije a Tista, después de poner cara de toro en embestida, claramente articuló: “Aquí está mi parte, vea a ver como hace usted para pagar el resto del alquiler.” ¿No se va a sentir uno perro?

Esto del presupuesto también significa que hay que tener claro que es prioritario y qué no.  Si la situación está entre tener cable o comprar comida, pues estamos claros que primero está el cable… ehhhhhh… ¡mentiras!

Los zapatos de cuero rojo en Zara o ir al cine para ver todas las nominadas al Oscar no son prioridad.  La luz, el agua y la comida de tu perro Rambo sí lo son.

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Finalmente, quiero compartir con ustedes las palabras de sabiduría de un caballero, a quien llamaremos GolloCuotas: “… aquel señor que ve ahí es como mi papá… él me advirtió que si yo me iba de mi casa era para no regresar y así lo hice…”

¡BOOOM!

Ahí les dejo para que mediten.

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En el post cerrando el 2015, hablé de la falta de propósitos de este año porque de lo que estoy segura es que va a ser conocido como el año del “No sé”: no sé qué va pasar, no sé para dónde agarrar… no sé, no sé, no sé… Lo único que tenía certero es que quería salir de la casa de doña Martha.

Con el empujón necesario, me puse hacer la lista de las cosas que necesitaba: desde cuánto podía pagar, hasta cuantos cuartos debía tener.  Eso sí, tenía dos condiciones importantes eran no negociables:

  1. Perlurris tiene que vivir conmigo
  2. Tiene que estar en San José, la capital del mundo, porque me rehúso a tener carro

La búsqueda comenzó en la primera semana de diciembre.  Con el aguinaldo en mano para poder pagar, comprar y contratar todo, que nada me atrasara.  Mil llamadas y 5 visitas después, estaba cayendo en cuenta que las condiciones no-negociables eran más de dos.

Un día de tantos, lo encontré.

Fue amor a primera vista: en los barrios del sur, pequeño como para dos personas, recién construido, una distribución ideal (dos cuartos, walking closet, sala-comedor-cocina integrados), grandes ventanas, muy ventilado, a 15 minutos caminando a la parada al trabajo… es que lo tenía todo.  Ni lo pensé para decir que sí.

El fin de semana siguiente ya estaba subiendo los chuches al apartamento del segundo piso, con mi amiguísima Melili.  En eso, me dice:

Amiga, ¿no se mete mucho la bulla de la autopista?”

“Naaahhh… en la noche hay menos carros y dicen los vecinos de abajo que no escucha nada.”

La primera noche me fui a celebrar: comí pasta en mi restaurante favorito, me tomé unas cervecitas.  Llegué emocionada a lavarme los dientes y acostarme a dormir.  Cuando pongo mi cabeza en la almohada, escucho el bus… luego un camión… luego las motos picando… la gente hablando en la calle… la música del bar que está a los 50 mts…

Inmediatamente dije: “Hijueputa, Melili tenía razón.”  Me puse a llorar toda la noche, hasta quedar dormida… tres horas después, me desperté por la mufla de un auto.

¿Ustedes han visto como hay gente que les da chicha cuando tienen hambre?  Bueno, a mi me pasa cuando no duermo.  Yo no tengo que explicarles lo importante que es dormir para mi.  Es que yo me pongo feliz cuando estoy en la cama, con luces apagadas, esperando a que Morfeo pase por mí a dar una vuelta.

Les puedo asegurar que lo intenté todo: poner tres juegos de cortinas, hacer una pared de cajas de huevos, tapones, té de tilo, poner sonido blanco de fondo.  El punto más bajo fue cuando me vi tomando Bendryl de lunes a viernes y aun así, me despertaba aturdida, con dolor de cabeza por apretar los dientes durante el sueño.

Sin olvidar la maravilla de vecinos: en los dos apartamentos del primer piso vivían dos familias con dos chiquitas cada una: corrían, brincaban, gritaban, jugaban TODO el día.  Eso no me molestaba tanto… excepto una, la menor de una madre soltera que no sabía hablar de otra manera que no fuera quejándose, como si le doliera algo, como si alguien le estuviera pegando un pellizco constantemente.

Pero eso no es nada.  Compartía pared con el apartamento de la par donde vivían… no una, no dos… CUATRO personas tan escandalosos que cuando ponían música, mis ventanas vibraban; cuando tenían visitas, yo me enteraba de todo; cuando una de ellas se resfrió, yo la oía toser T.O.D.A la noche.  De nada servía pedirles que bajaran el volumen porque me mandaron a comer mierda (literalmente) un par de veces, mientras recordaban a mi pobre madre con escarnios dignos de un marinero.

Lo peor fue Perlurris deprimida, comiendo acostada.  Yo la caminaba en la mañana y en la noche para que fuera pipi-pupu.  Doña Claudia, mi asistente en el hogar, venía por ella en la tarde para ir al parque media hora.  Pero aun así, Perlita pasaba el día acostada en el mismo rincón.

Dos meses de estar en las puertas del infierno, decidí que ya era suficiente.

Por cosas de la vida, me enteré que un pintor iba a vivir la vida bohemia del campo y estaba alquilando su casa: el precio ideal, la arquitectura digna de su profesión, estilo industrial y lejos de la calle, donde de por sí, casi ni pasan automóviles.

La primera noche dormí como los reyes y me desperté en la madrugada con el dulce canto de los pajaritos… y el gallo del vecino.  Un mes después, Perlurris defiende el hogar ladrándole al aire y camina por todo el frente hasta encontrar el punto ideal para pip-pupu.

Ha sido una lección tras otra, nada fácil.  Pero hoy puedo decir que soy muy feliz en mi hogar.

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... ¿quién dijo miedo?...

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