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Todos tenemos sueños. Yo tengo uno, hace años, que puedo continuar si me concentro lo suficiente: lo más lejano que me acuerdo es que iba caminando con El Progenitor, que estaba vestido de blanco, el me llevaba de la mano y yo era una niña vestida de azul, con mallas blancas, medias de vuelitos y zapatos de charol… lo cual se traduce en el conjunto más incómodo que jamás me han puesto en la vida. La última vez que lo soñé, estaba buscando un tesoro pirata.
… es como ver una película sin fin…
También tengo como cincuenta mil sueños que he deseado, cosas que he querido tener o hacer de mi vida que no se han cumplido: darle la vuelta al mundo, ver a Gabo en algún esquina española, conocer a Bardem, que el arroz me quede sueltititico, escribir una novela o dominar este juego entre hombres y mujeres.
Pero mi sueño frustrado de la vida es ser prima ballerina en alguna compañía de danza.
Desde pequeña, mi mamá me llevaba a clases y siempre quise llegar a pararme de puntas, pero no podía continuar el tiempo necesario como para moldear el cuerpo, acostumbrarme a los pasos, las posiciones, la técnica y siempre que regresaba, casi que tenía que empezar de cero.
Por eso, cuando llegó el momento de elegir carrera, me fui para la UNA. Hice las pruebas y como todo iba bien, El Progenitor salió con que él no iba a pagar ninguna carrera con la que yo me muriera de hambre y doña Martha quería que estudiara psicología infantil.
Pues mamaron los dos, porque soy periodista y comunicadora de masas: una carrera con la que no me muero de hambre porque no trabajo en eso. (¿Sienten el tono amargo de mis palabras?)
Sí, ese es mi sueño que nunca en la vida voy a poder cumplir. Ya no tengo la edad, el cuerpo, se me han olvidaron muchos pasos y simplemente me rendí ante “el hubiera”.
El hubiera es ese pensamiento que te ayuda aceptar lo que sos hoy y lo que no vas a llegar a ser. Aquí es cuando viene la famosa frase: “Diay, así es la vida… sólo Dios sabe qué hubiera pasado/sido de mí, si yo me hubiera rebelado a mi malévolo padre. Seguro estaría comiendo mierda, pero bailando por todos los teatros del mundo de la mano de Rudolf Nureyev y hoy sería una amargada profesora de ballet con las rodillas hechas una porquería…”
El hubiera siempre tiene que tener alguna connotación negativista. Uno no puede darse el lujo de pensar que, de haberse cumplido esa utopía, habría paz mundial, comida para los hambrientos, casa para los desprotegidos y una cuenta bancaria a nombre de uno tan, pero tan, pero tan grande…
No.
Uno tiene que llegar al famoso consuelo de tontos: pensar que si lo inimaginable fuera posible, yo sería un escombro humano: una anoréxica, flaca, desnutrida, drogadicta, bisexual, pobre, bohemia, sin futuro ni perro que me ladre… o peor: esposa de un senador republicano que busca la presidencia de los Estados Unidos.
Para mí, eso es automedicarse atolillo con el dedo.
Una técnica tan cultural. Primero, los ticos no logramos superar el hecho que no lo realizamos (evidentemente) y para rematar, pensamos bajo la cultura romántica del pobrecito negativista (¡ay sí!, ¿qué hubiera sido de mí? Ya estaría prostituyéndome en las calles de la Habanna o México DF por un pedazo de pan rancio, si hubiera seguido tal fantasía ilusoria, promovida por el enjambre de hormonas de la juventud adolescente de los noventas)
Porque es más sano pensar que todo pudo salir mal, y le echamos la culpa a lo divino, pensando que Dios no lo quiso así (porque en estos casos no existe el libre albedrío, solo un destino fatal, escrito por los dioses mayas, antes de todos los tiempos )
Inmediatamente después, pasamos a cierto positivismo oculto en la línea de pensamiento (bueno, y si me hubiera escapado a Cuba a estudiar ballet, no hubiera estudiado periodismo, no hubiera comenzado este blog y el mundo no se habría dado cuenta de la cantidad industrial de marthadas que suceden en lo oculto de mi vida)
Listo. Ya está uno consolado por la resignación y ya va montado en el siguiente vagón del tren de pensamientos (¿ahora qué hago con los 396.9 gramos de Skittles que tengo en mis manos?)
En estos casos tan radicales, yo creo que uno tiene que seguirse terapiando hasta aceptar que esos ideales nunca serán vividos por estas carnes… y que voy hacer todo lo posible para que mis hijas lo vivan por mí (porque así ha sido por generaciones de generaciones en este matriarcado)
Pero hay metas que son realizables, como ir a India un mes a conocer el templo flotante, la estatua de Shiva en el Ganges, Shimla y Agra (para los 30, para los 30). O leerse los 1001 libros que hay que leer antes de morir (solo me faltan 960 libros y contando) O llegar a correr 5 kms en menos de una hora (… cri, cri… cri, cri...)
Es cuestión de concentrarse en lo que uno realmente quiere hacer en esta vida y lanzarse con los ojos cerrados, a ver que pasa. Lo importante es ignorar todas las posibles distracciones que el diablo puerco le pone a uno en el camino. Como cuando uno esta en proceso de bajar un 2% de grasa y doña Yelba te invita a comer pinto frito con puré de papa con mantequilla, plátano maduro frito, ensalada rusa con mayonesa y agua, porque sabe que uno esta a dieta.
Lo que no va conmigo es esa gente que, ya porque no pudieron con una cositica, se meten en el famoso tanque séptico y se ponen hasta en nado sincronizado dentro del mierderio de no puedo, no lo voy a lograr, es imposible, yo no voy a poder y se rinden sin haberlo intentado.
Diay, con un pensamiento tan terrible… pues ni Ganesha los va poder ayudar…
Si, lo acepto: yo podría estar en clases de ballet para adultos, pero mi meta era ser prima ballerina de una compañía de baile.
Prefiero invertir mi tiempo, sudor y lágrimas en cosas que hoy, como mujer, sueño hacer, como visitar la cueva Phokham en Vang Vieng, Laos o mantener activo este blog.
