Desabrochando a Martha

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De la misma forma en la que amo los niños, los gatos, las motos y las mantarrayas: ajenas.

Las bodas son una verdadera celebración al amor y valentía.  El simple hecho que el novio se juegue el chance de quedarse escuchando la marcha nupcial una y otra y otra y otra vez sin que aparezca la novia, ya eso es tener un par de cojones bien puestos.

O, por el otro lado, el de la novia al levantarse a las 4:30 de la mañana para cumplir con sus obligaciones como tal: el manicure en french; pedicure en rojo; depilación en lugares nunca antes pensados; maquillaje que dure todo el día; peinado; ponerse la ropa interior sexy, pero incómoda; los zapatos de tacón que probablemente hará tirados cuando tenga la primera oportunidad; un vestido que parece disfraz de la época victoriana, mientras se muere de hambre y jugándose el chance que el tipo no aparezca… WoW…

Pero ese momento tan mágico en el que el novio está al pie del altar y ve a su majestuosa novia caminar hacia él, ese microsegundo en el que se deslumbra un incremento ligero en su sonrisa y los ojos de ilusión que lleva ella puestos al caminar junto a sus padres a los brazos de su amado, con la seguridad de que es él y solo él… es el microsegundo más romántico que cualquier ser humano puede ser testigo.

Vivo por ver ese momento.  Sin dejar de lado los famosos posibles errores embarazosos que la marcan como única (viste cuando la hermana de la amiga de la prima de la vecina del frente se cayó por el poco de petálos… jajaja… ay, viste que los del restaurante de la par solo tomarle fotos a la novia… jajaja…)

Personalmente, comparto la misma línea filosófica de doña Martha: las bodas son para ir a comer.  En ciertas bodas (a las que me rehúso identificar), he practicado la abstinencia moderada de alimentos durante el día, con tal de ir a saborearme cuanto plato sirvan en la noche.  Así mismo, doña Martha me ha envestido con su técnica infalible para la recolección de los mismos, cuando es buffet:

“Ay mi’jita, vea: usted primero ubica la mesa del buffet más cercana, busca por donde salen los meseros, que de ahí viene la comida.  Justo cuando vea que sacan pailas, hace como que va al baño y… ay, mirá ya los novios se sirvieron: corré, corré, que ahí va la Camacho y esa dura un montón sirviéndose…

“Los cubiertos en la mano derecha y pones el plato pequeño de la ensalada encima.  Ahora el grande en el antebrazo… si, si… como los meseros. Ay si, lomito… que rico que se ve… ay, si me puede echar salsita sobre el arrocito… si, si, dele… con confianza que soy la tía de la novia.

“Sírvase uno de cada uno de los postres y se lleva el platito en la mano izquierda.”

Creo que aquí vale aclarar que uno de los dichos favoritos de doña Martha es: “coma hoy, que usted no sabe si va a comer mañana y más si es gratis,” el cual, también aplica para muestras en los supermercados.

Es más, mi madre me ha hecho llevar a mi mejor amigo de la U para que la sacara a bailar, compartieran opiniones de licores y le ayudara a llevar los platos del buffette.

“Guanaco, coma, coma.  Aproveche que es gratis y quien sabe cuando vuelve uno a comer algo así de rico.”

Ahora que lo pienso, las bodas son los quinceaños para los treintones.  La misma carajada: un desfile de damas en vestidos ridículos, quienes caminan con  acompañantes, los cuales le abren el paso a la pobre mujercita que anda con un vestido tan incómodo y con tacones tan altos, que camina como con pañal.

Después de la iglesia, sigue la famosa fiesta que comienza con el Tiempo de Vals de Chayanne, para abrir la pista y que todos se pongan a mover el bote.  En algún momento se sirve la comida, se pasa tomando refresquitos toda la noche (algunos más benditos que otros), llegan los mariachis, la comparsa, los payasos en sancos, se parte el pastel y se acabó.

Estoy segura que la pobre chiquita pasó la misma procesión que pasó la novia, teniendo que madrugar para lucir hermosa (menos la depilación, espero yo)  La misma procesión de ir de mesa en mesa, tomándose fotos.  El mismo acto de quitarse los zapatos en medio de la fiesta por el increíble dolor.

La diferencia, es que en el quinceaños uno se va a la casita de los papitos, para que la mamita le ayude a quitarse el moño lleno de colochos y el vestido de princesa.  Después de la boda, se quitan muchas cosas, tal vez no con la misma paciencia… ¿qué sé yo?

En fin, volviendo a las bodas, me encantan las pequeñas tradiciones que se crean como el baile del billete, tirar la liga y tirar el ramo.  De esa última, soy súper fan.  Soy la típica soltera que se burla del grupo de mujeres desesperadas, darse de codazos, correr, gritar, pelearse por un ramo de flores y su significado: el que, tal vez, sean las próximas en casarse.

Todo esto para contarles, mis queridísimos lectores, que el fin de semana pasado me jugaron una jugarreta.

La Mo se casó con el Pa.  Pasé DIAS enteros preparando el brindis:

 “Por la Mo y el Pa, que el camino de su matrimonio sea como el del Chirripó: lleno de aventuras, paisajes hermosos y que aunque tiene subidas muy difíciles y bajadas increíbles, los llena de satisfacción saber que lo hicieron juntos.

“Que todas las fotos de aniversarios sean como aquella en la casa del Pa, donde están abrazados, sonriendo, viendo hacia delante, con San José empujándolos a seguir y las luces iluminándoles el futuro.

“Y que su matrimonio sea como la clase de sushi para la que fueron en un aniversario: un regalo inesperado, que los saca de la rutina y los deja satisfechos… pero siempre con ganas de más.

“Por la Mo y el Pa, que el amor sea siempre el ingrediente secreto.”

Horas de mi presiado sueño, días frente a la computadora tratando de pescar a mi genio, meses de investigación googlelística.  ¿Para qué?

Para que al final, después de agradecer a los invitados, dijera algo como:

“…para las que se están preguntando por el ramo, la verdad es que está muy bonito, a mi me gustó mucho y quiero regalárselo a una personita muy especial y a la que quiero mucho…”

El ramo y yo, una historia de amor, llanto y odio.                        Foto cortesía de Carlos Ávila y Marco Chanto

El ramo y yo, una historia de amor, llanto y odio. Foto cortesía de Carlos Ávila y Marco Chanto

 Y helo ahí, en mi pichel de fresco porque no tengo florero, en la esquina de mi escritorio, acosando cada una de mis letras que digito en mi teclado.

(Espero no ahuyentar a ningún posible pretendiente)

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NOTA: Dedicadísimo a mi amiga Mo y al Pa.  Este es mi tributo a ustedes, a su amor y a su felicidad.  Que la vida los siga llenando de tantas bendiciones como hasta ahora… y como diría cualquier comehuevo a quien se acaba de casar: ¿y pa cuando los güilas?

Una de las cosas que no he logrado comprender es el deseo humano por seguir sumergido en el tanque séptico.  Esas personas que les fascina darse un chapuzón en el mierdero, tiempo después de haber terminado una relación que no funcionaba desde un inicio.

Mi pareja no me complace si la engaño con otra persona y para darme cuenta de eso no creo que se necesite el lente magnificador de Sherlok Holmes. 

Tengo problemas de autoestima si necesito que me adulen y demuestren afecto constantemente: hasta Sigmund Freud lo supo décadas atrás!

La Virgen Maria no se me tiene que aparecer para ver la luz al final del túnel: no me están dando mi lugar si mi novio no me quiere presentar como su novia ante sus amigos y compañeros.

 Entonces, ¿para que carajos voy a seguir ahí?  ¿Por que no apreciarme a mí misma, mi soledad y empezar a conocer a la nueva yo que surgió de tanto tormento?

Personalmente, intento ser tajante en estos temas.

El único “novio” que he tenido me hizo llorar como una Magdalena a lo largo de los tres meses relación.  Cuando terminó conmigo, me tomó días para quitar la catarata del tercer ojo y distinguir cada uno de los errores que cometí al aceptar o justificar la serie de sandeces que hizo. 

¿Cómo iba a ser posible que para San Valentín no hiciéramos nada, pero si invitó a su “mejor amiga” a comer sushi?  Una vez, delante de mis amigos, apostó que iba a terminar conmigo si lo que él decía era mentira y yo me reí.  ¿Cómo fui tan ingenuamente estúpida?

Cuando terminamos, TODO terminó: no puedo esperar que sus amigos sigan siendo los míos.  El no puede esperar que mi familia lo reciba con los brazos abiertos después de saber el daño que me hizo. 

Porque, abriendo el corazón a la verdad, no me tiene que interesar si salió o si sale o si va a salir con alguien.  Acosar a sus amigos o familiares para tener noticias de él es humillarme, degradarme, perder mi dignidad y estropear la imagen que había creado ante todos.

De todo, lo que me asombra es esa esperanza al perdón universal y al Alzheimer selectivo después de traicionar a la persona que “aman”.  Yo me pregunto, ¿ustedes les habrían perdonado y empezado desde cero?  ¿Hubieran vuelto a depositar la confianza ingenua sin más ni más?

Apuesto que están diciendo que si en nombre del amor… pero no, muy en el fondo de sus corazones saben que eso no es amor y no lo harían. 

En serio, ¿creen que es tan fácil como mandar dos docenas de hierberas o una pizza grande?  ¿De verdad piensa que para uno es importante ayudarle a hacer cierre, evocando los poquísimos momentos de felicidad?  Pues no.  Para eso, les puedo recomendar el numero de la psicologa que me ayuda a superar traumas de infancia. 

Seamos realistas: somos humanos y para lograr ese tipo de perdón lleva mucho tiempo de yoga, meditación, asilo, conversión, haber hecho grandes obras en Calcuta y ser un sudafricano de apellido Mandela.

No es tan fácil.  Las palabras sinceras de cariño hacia el hombre que tuvo el descaro de mentirme… no, no, no… ni lo puedo concebir.  Y que lo vuelva a hacer, excusándose justamente en esa indiferencia, es una muestra de inmadurez irreverente.

Mi consejo

  1. Si a usted todo el mundo le hace comentarios con palabras como agresión, violencia, codependencia, enfermedad y sus respectivos sinónimos, raíces y familiares…  Haga un alto frente al espejo, desnúdese ante su imagen y encuentre quien es usted: sus gustos, disgustos, características que la hacen única.  Cuando los encuentre, envuélvalos con la aceptación y deguste el calor que el amor propio genera.
  2. Si usted mintió, engañó, traicionó, maltrató, golpeó, humilló o denigró a su pareja, y está esperando el perdón divino, créalo que ya lo recibió: Dios siempre perdona nuestros pecados.  Por el contrario, no espere volver a tener una relación extraordinaria que solo está en su mente.  Pregúntese si quiere volver a ese martirio por el miedo a la separación.  Sane su corazón y revise ese saco lleno de aprendizajes cuando empiece una relación nueva.
  3.  Para ambos: comiencen a abrazar la tersa soledad que nos acompaña en este camino rocoso que llamamos vida.  Una vez que la acepten, verán que es mucho más fácil encontrarse a sí mismo, quererse … y hasta entonces, podrán querer a otra persona.

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... ¿quién dijo miedo?...

Historico de las historietas

¡Protegido por derechos de Autor!

Escuchen bien, niñas y niños de la creación:
He pasado por muchas marthadas y momentos de angustia sudor y lágrimas, como para que alguien más lo tome prestado y sin permiso.
Robar es malo, malo, malo.
¡Los que roban se van al infierno, con el resto de sus amigos!

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