Desabrochando a Martha

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Ser amante de mi patria no es solo un deber, es un requisito para formar parte de mi familia: doña Martha siempre fue miembro del Sindicato y el Progenitor fue presidente de la Cooperativa del banco donde trabajaban.  Para rematar, mi Padrinosky fue diputado en la época cuando sí se trabajaba en la Asamblea y todavía es sindicalista, quien lucha por la igualdad de cuanta minoría exista.

Pero siempre celebrábamos el 15 de Septiembre diferente al resto del país.  En todos mis años de vida, me acuerdo haber ido una vez a los faroles (y sin farol); una vez a ver los desfiles porque mi hermana era abanderada por ser el mejor promedio (y eso era como dar la vida en 1856); y nunca baile ningún baile típico porque no tenía traje (cuando nos lo pedían en la escuela, doña Martha me encaramaba un hijuelagran saco de gangoche que picaba en fruta, me pintaba de aborigen y decía que no había nada más típico que ser india)

Lo más irónico de todo sigue siendo la Gran Matriarca: decora de blanco, azul y rojo TODA la casa, con banderas en las ventanas y guirnaldas en el corredor.  Cuelga faroles de los candelabros y en todas las puertas, pega aunque sea un escudo.  Es más, doña Yelba se deprimió tanto cuando perdieron su expediente en el TSE y su cédula 8 pasó a ser un 9, porque:

“Seguro se lo comieron el comején, de lo viejo que era… ¡Puta amigo!”

“Pero vos sabés que sos nica, con eso basta.”

“Seas jodida, si yo soy más tica que vos.  Pero según esto, ya no soy ni de aquí, ni de allá ni del culo del diablo.”

“Entonces, ándate para Nicaragua y buscás tus papeles.”

“¡Qué va! Si eso seguro se fue en algún incendio o se lo tragó la tierra en el terremoto.  ¡Si yo soy tica!  Después de tantos años, ya me lo gané… ¡Si yo parí más ticos que cualquiera, puta amigo!”

 

Para rematar, mi familia es tan folklórica, pero taaaaaaaan folklórica… que el feriado terminábamos como los más comehuevos:

  • Saltando el alambre de púas de alguna finca
  • Comiendo sanwichitos de huevo duro y frijol molido con fresco de sirope rojo con fruticas picadas, envasado en la botella de Coca Cola.
  • Pasando a tomar café a cualquier sodita de pueblo, con buen gallito de papa y lengua en salsa.
  • Si el aeropuerto estaba de camino, parábamos para ver los aviones y comer copos con dos leches (el cual, siempre terminaba en mi vestido por más que yo me hiciera para delante)

El folklorismo llegó a su punto máximo cuando regresé después del intercambio, pues como que los gringos se hacen más comunes y siempre hay uno con problemas de comunicación.  El Progenitor siempre empezaba:

“Martha Iris, vaya ayude al gringo.”

“Ay no papi, ¡que polo!”

“Vaya, Martha Iris, sea una buena costarricense. ¡Ayude a su país!”

“Ay mi Tata, ¡que no! ¿En qué voy ayudar al país?”

“Vea que el gringo está comprando algo y, ¿para qué carajos aprendió usted otro idioma si no es para usarlo?  Vaya y le traduce al gringo.  Sea una buena patriota , acuérdese de los valores patrios de paz e igualdad y es su deber ayudar al que lo necesita.  Acuerdese que no solo tenemos derechos, tambien deberes y uno es dejar el nombre de su país en alto…”

 “… uysh, bueno… ”  

(Típico, iba arrastrando los pies, con cara de odio mi vida y prefiero ser antipatriota antes de ayudarle a este gringo fondongo, que no va a querer aprender de mi cultura, sino invadirla…¡REVOLUCIÓN! ¡ ANARQUÍA!… maldición…)

 

Mi momento menos patrio fue, justamente durante mi intercambio, cuando celebramos la noche cultural. 

Tratando de preparar un plato típico, terminé haciendo un tres leches a base de un queque de caja y lustre preparado de Pillsbury.  Por un Dios que me ve en los cielos, es el tres leches más seco que me he comido en la vida.  Estaba tan dulce que las orejas se me pegaron a la nuca y se me salieron lágrimas. 

Para rematar, decidí cantar la Patriótica (¿qué más me podía hacer? No iba ni a bailar ni a recitar, pero sí cantar viendo a la lucecita roja)  Al final de cuentas, yo no sé qué carajada terminé cantando, porque por ahí le agregué unas estrofas con flores blancas, La Sabana y yo creo que hasta el Sapri salió en la colada.

Lo mejor de todo fue que hasta el público lloró conmigo y todos me dijeron que no habían oído un himno nacional más hermoso y yo les dije muy digna: “Yo tampoco.”

 

Yo sí me siento orgullosa de ser tan tica como el guaro con limón

Al rato y por consuelo de tontos pero, a pesar de que estamos mal en seguridad, economía, corrupción, religión, etc, hay países que están peor.  Por lo menos, hemos sobrevivido sin militares, las elecciones presidenciales son verdaderas fiestas, y el primer lunes de todos los Febreros es una delicia ver a esas pulguitas caminar en sus gabachas celestes. 

Es más: el simple hecho que los desfiles del día de la independencia  sean de colegiales calenturientos, dandole fuerte y valiente al chiqui-chiqui, vale más que los desfiles militares en tantas “grandes” naciones primermundistas.

Tal vez no sea tan cool , pero los costarriqueñismos son tan exquisitos y saben tan rico en la boca, que me es inevitable no decirlos. 

No hay nada más sabroso que comerse un buen casado con arroz, frijoles, picadillo de arracache, ensalada de repollo, chuleta ahumada, huevo, tortilla, queso, macarrones y fresco de chan.  Y ojalá que haya una entradita de olla de carne con elotico… ¡seas tan bárbaro!

 ¿Y qué tal el humor tico?  Es que el desgajarse de la risa leyendo Sentimientos en Conflicto o las salidas de Oldemarsh de Tierra Blanca, no tienen precio.

Así es que en la celebración de nuestro 190vo aniversario de independencia española, no me voy a poner a analizar si de verdad somos o no independientes.  Que eso lo hagan los grandes medios de comunicación.  Yo voy a celebrar vestida de los colores patrios y cantando el Himno Nacional a galillo pelao.

Si los tuviera, me imagino que serían algo así

Doña Martha tiene güevos y definitivamente, no fue fácil crecer con ella como capitana de este barco de 4 tripulantes.  El mayor secreto era tener fe en Dios que proveerá.

Ni dijo adiós cuando se separó de mi progenitor un año después que yo naciera.  Tampoco dijo hola, al año siguiente, cuando nos mudamos, sin avisar, al apartamento de la par de la casa de doña Yelba.  La gran matriarca, tan mandona como siempre, la mandó a pedir cacao y doña Martha solo dijo que no.  Mi abuelito salió con esa respuesta, que tanto escucho yo:

“Dejá a la chiquita en paz, que haga lo que quiera.”

En esta época había que tener fe que hubiera dinero para que no faltara nada, porque eso de las pensiones no era tan fácil como ahora.  Ni mucho menos el criar a 4 carajillos de todas las edades.  Igual, quien sabe cómo estuvo esa cosa entre ellos porque siempre dijo que comeríamos mierda, pero que ella no le iba a pedir ningún centavo al progenitor.

A partir de ahí comenzó la lucha de la selva: sobrevivir con lo que había, adaptarse a que ella trabajara toda la semana, la visita de los sábados del progenitor y los constantes regaños de doña Yelba.

Sólo Dios sabe cómo hizo, pero a los cuatro nos metió en el colegio de monjas que está aquí no más y hacía lo posible para que no notáramos las diferencias.  En ocasiones, compraba una hamburguesa sencilla de la McDonalds y lo partía en 4: un pedacito para cada uno.  Estrenábamos ropa en diciembre, con suerte uniformes y a mí siempre me iba mal porque heredaba la ropa de mi hermana y primas mayores.  Eso sí, nunca faltó arroz, frijoles, tomate y masa con la que mi nana hacía tortillas.

La primera vez que compró carro, no teníamos dinero para nada más que lo necesario.  Entonces, los domingos en la tarde nos montaba en el Honda Civic de dos puertas y nos íbamos a dar vueltas a San Pedro.  Cuando bajábamos por donde está ahora AFS, aceleraba para que sintiéramos el vacío en el estómago y también cuando iba de regreso, en dirección a la Corte, ahí por la Iglesia del Votivo.  Esa vuelta la hacía por lo menos unas 5 veces y nosotros sentíamos como si estuviéramos en el Parque de Diversiones.

En 1994, nos sentó a todos y nos dijo muy claro:

“Ustedes ya saben cocinar, lavar, planchar y si alguno no sabe algo, le pregunta al otro.  Ya están grandecitos, ya se saben cuidar solos.  Ha llegado el momento en que yo me vuelva a meter a estudiar a la Universidad.”

Esta época era para tener fe que todo saliera bien y así fue.  Casi 6 años después, fuimos a la graduación de su Maestría en Administración en Recursos Humanos.  Nunca me había sentido tan orgullosa en mi vida al verla subir a la tarima a recoger su título con honores.  Hasta la fecha, todavía me pregunto cómo carajos hizo.

Fueron los años en que demostré mi verdadera inteligencia, porque nunca estudiaba ni hacía tareas, me quedé en noveno y se diagnosticó mi alergía permanente hacia las matemáticas.  También, fue cuando logró engañarme, haciéndome pensar que las tiendas de ropa americana eran boutiques desordenadas.  Y gracias a sus títulos universitarios, nuestro estilo de vida mejoró y fue cuando me mandó de viaje, prácticamente sola, por mis 15 años y de nuevo a las 18 al famoso intercambio, bajo el mismo lema:

“Comeremos mierda, pero usted se va de viaje.”

Lo he dicho miles de veces: gracias a su fe ciega, yo estoy donde estoy.

Por eso, un día como el 15 de Agosto, no solo celebro que sea una grandiosa mamá, si no ese par de cojones  bien puestos.

… pero la historia no termina aquí…

Pues la señora me llama muy tranquila y orgullosa, a contarme del post it que escribió hoy, como si hubiera reinventado el final de Don Quijote:

“Yo, doña Martha, renuncio.”

Yo, que soy una loca por el control y con tendencias obsesivas compulsivas, he pasado con dolor de estómago y de espalda… que no tienen idea.  No obstante, sí me siento orgullosa de que ella los tenga bien puestos para hacer respetar su dignidad y no dejarse menospreciar por una paciente (gorda, fea, con dientes de conejo) que la trató mal por su origen y casi le pega.  Definitivamente, hay que tener güevos para renunciar a un súper trabajo, en un país extranjero y de lengua extraña.

Pero repito, yo estoy en crisis.

Ella está tranquila.

Cuando terminó de contarme cómo la supervisora le dijo que, al final de cuentas, la gorda fea con dientes de conejo era la clienta y que doña Martha se tenía que adaptar… Yo pregunté lo que una mente histérica como la mía puede pensar (leánlo con voz de pánico):

“Y ahora, ¿qué va hacer?”

Ella contestó, como si le hubiera preguntado qué comió hoy:

“Diay mamita: aplicar en nuevos lugares y ver qué pasa.  Hay que tener fe, que Dios siempre provee.”

Imagínese ser la menor de cuatro hermanos, de papás divorciados, viviendo un apartamento de dos cuartos, mantenida por su mamá, quien es la única que provee el sustento familiar… y tendrá una ligera idea de cómo fue mi niñez.

Mis papás  se separaron justo después que yo cumplí mi primer año de vida.  Así es que mi mamá nos crió a los cuatro en el apartamento que está a la par de la casa de su madre: en la madrugada nos preparaba para la escuela, en la mañana trabajaba, en las tardes hacia extras.  En las noches llegaba tan cansada que el cuento para dormirme (que siempre “se sabía de memoria”) empezaba con una princesa en un castillo y terminaba siendo una ardilla en el bosque.

Pero eso sí, siempre que podía, nos traía algo rico: un Milán que partía en cuatro o una tajada de torta chilena que partía en cinco.  Veran, en mi casa reinaba la ley “o pa’todos, o patadas.”  Ay de aquel que recibiera algo diferente que los demás!  Eso significaba reclamos, quejas, quejidos, lloriqueos, malas caras… etc… etc… etc… del resto de la manada.

Justamente para evitar esas escenas, cada quien tenía su plato extendido y su plato hondo, su vaso y su tasa, su cobija y su juego de sabanas… todo de un mismo color.  A Oscar, el primogénito, le tocaba el azul.  A Rocío, la nerd, le tocaba el rojo.  A Luis, el macho, le tocaba el verde.

A mí el amarillo.

Uy!  Como odio ese color!  El problema es que es feo, neutro y las niñas siempre tienen sus cositas o rosadas o lilas o colorcitos así.  Siempre le insistí a mi mamá para que me cambiara el color, pero ¿cómo lo iba a hacer si había quincenas en las que recibía 1 500 colones en el cheque?

Entonces, según yo, trataba de engañar a todos.  Cogía las cosas de mi hermana, las ponía en mi lugar y decía que eran mías. 

Por supuesto, mi plan maquiavélico nunca funcionó. 

Lo que si salió a la perfección fue coger toda mi ropa amarilla y esconderla en la bodega de la casa.  Años después cuando hicieron una remodelación, la encontraron.  Cuando mi mamá me preguntó al respecto, muy amablemente le contesté: “ODIO EL AMARILLO. Punto.”


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... ¿quién dijo miedo?...

Historico de las historietas

¡Protegido por derechos de Autor!

Escuchen bien, niñas y niños de la creación:
He pasado por muchas marthadas y momentos de angustia sudor y lágrimas, como para que alguien más lo tome prestado y sin permiso.
Robar es malo, malo, malo.
¡Los que roban se van al infierno, con el resto de sus amigos!

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