Posts Tagged ‘adios’
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Sus ojos demostraban la humildad de quien empieza el camino desde cero. Su boca solo podían cantar para llenar de paz los corazones de quienes escuchábamos. Su música iluminaba los recuerdos y la esperanza de todo un país.
Fidel Gamboa no era solo un músico más que pasa esta calle de la amargura que llamamos vida, haciendo sonar cuerdas y vientos sin sentido. Con su eterno om, hacía vibrar cada célula viva y hacía desear revivir en su maravilloso mundo de melodías.
El primer concierto al que fui fue en La Fulana Cosa. No pude haber cantado más alto, haber bailado con más ganas, haber sido más pola como para ir a estrecharles la mano y tomarnos una foto con ellos. Tampoco me pude haber sentido más orgullosa de ser costarricense, pues sus letras solo transmiten amor por nuestras raíces:
“Entonces fue que fui
De nuevo un güila, correteando
En los potreros,
Loco y descamisado me perdí
En el verano de caminos polvorientos…
Sé que talvez ya no recordaras
Los malinches floridos, aquel fuego
Sé que a veces miro para atrás
Pero es para saber de dónde vengo.”
Fue una noche mágica y sus canciones se impregnaron tanto en mí, que me arrullaron toda la noche…
“O si el amor que amé y perdí en el viento
fue solo el canto de tu risa marinera.
Me quedó el rojo de aquél sol muriendo
allá en tu Malpaís, quemando el cielo.”
Su deseo siempre fue el de comunicarse y hacer su voz escuchar por medio de sus composiciones, con un corazón siempre altruista, pues sabía que en el momento en que tocaba el primer acorde, ya no eran suyas, si no del mundo.
Ese carisma solo se puede medir en el amor de una nación que hoy llora la partida de un gran artista, quien denunciaba la realidad sutilmente, quien evocó los objetos perdidos en la vida, y hacía música porque para eso vino a este mundo.
Ahora sí maestro, vuela como un pájaro… en la mañana… sacude el viento… ya no mires más para atrás, que ahora nos toca a nosotros recordar de donde viniste.
Fidel Gamboa, 6 de Agosto de 1961 – 28 de Agosto 2011
Los güevos de doña Martha
Posted on: 16 August 2011
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Doña Martha tiene güevos y definitivamente, no fue fácil crecer con ella como capitana de este barco de 4 tripulantes. El mayor secreto era tener fe en Dios que proveerá.
Ni dijo adiós cuando se separó de mi progenitor un año después que yo naciera. Tampoco dijo hola, al año siguiente, cuando nos mudamos, sin avisar, al apartamento de la par de la casa de doña Yelba. La gran matriarca, tan mandona como siempre, la mandó a pedir cacao y doña Martha solo dijo que no. Mi abuelito salió con esa respuesta, que tanto escucho yo:
“Dejá a la chiquita en paz, que haga lo que quiera.”
En esta época había que tener fe que hubiera dinero para que no faltara nada, porque eso de las pensiones no era tan fácil como ahora. Ni mucho menos el criar a 4 carajillos de todas las edades. Igual, quien sabe cómo estuvo esa cosa entre ellos porque siempre dijo que comeríamos mierda, pero que ella no le iba a pedir ningún centavo al progenitor.
A partir de ahí comenzó la lucha de la selva: sobrevivir con lo que había, adaptarse a que ella trabajara toda la semana, la visita de los sábados del progenitor y los constantes regaños de doña Yelba.
Sólo Dios sabe cómo hizo, pero a los cuatro nos metió en el colegio de monjas que está aquí no más y hacía lo posible para que no notáramos las diferencias. En ocasiones, compraba una hamburguesa sencilla de la McDonalds y lo partía en 4: un pedacito para cada uno. Estrenábamos ropa en diciembre, con suerte uniformes y a mí siempre me iba mal porque heredaba la ropa de mi hermana y primas mayores. Eso sí, nunca faltó arroz, frijoles, tomate y masa con la que mi nana hacía tortillas.
La primera vez que compró carro, no teníamos dinero para nada más que lo necesario. Entonces, los domingos en la tarde nos montaba en el Honda Civic de dos puertas y nos íbamos a dar vueltas a San Pedro. Cuando bajábamos por donde está ahora AFS, aceleraba para que sintiéramos el vacío en el estómago y también cuando iba de regreso, en dirección a la Corte, ahí por la Iglesia del Votivo. Esa vuelta la hacía por lo menos unas 5 veces y nosotros sentíamos como si estuviéramos en el Parque de Diversiones.
En 1994, nos sentó a todos y nos dijo muy claro:
“Ustedes ya saben cocinar, lavar, planchar y si alguno no sabe algo, le pregunta al otro. Ya están grandecitos, ya se saben cuidar solos. Ha llegado el momento en que yo me vuelva a meter a estudiar a la Universidad.”
Esta época era para tener fe que todo saliera bien y así fue. Casi 6 años después, fuimos a la graduación de su Maestría en Administración en Recursos Humanos. Nunca me había sentido tan orgullosa en mi vida al verla subir a la tarima a recoger su título con honores. Hasta la fecha, todavía me pregunto cómo carajos hizo.
Fueron los años en que demostré mi verdadera inteligencia, porque nunca estudiaba ni hacía tareas, me quedé en noveno y se diagnosticó mi alergía permanente hacia las matemáticas. También, fue cuando logró engañarme, haciéndome pensar que las tiendas de ropa americana eran boutiques desordenadas. Y gracias a sus títulos universitarios, nuestro estilo de vida mejoró y fue cuando me mandó de viaje, prácticamente sola, por mis 15 años y de nuevo a las 18 al famoso intercambio, bajo el mismo lema:
“Comeremos mierda, pero usted se va de viaje.”
Lo he dicho miles de veces: gracias a su fe ciega, yo estoy donde estoy.
Por eso, un día como el 15 de Agosto, no solo celebro que sea una grandiosa mamá, si no ese par de cojones bien puestos.
… pero la historia no termina aquí…
Pues la señora me llama muy tranquila y orgullosa, a contarme del post it que escribió hoy, como si hubiera reinventado el final de Don Quijote:
“Yo, doña Martha, renuncio.”
Yo, que soy una loca por el control y con tendencias obsesivas compulsivas, he pasado con dolor de estómago y de espalda… que no tienen idea. No obstante, sí me siento orgullosa de que ella los tenga bien puestos para hacer respetar su dignidad y no dejarse menospreciar por una paciente (gorda, fea, con dientes de conejo) que la trató mal por su origen y casi le pega. Definitivamente, hay que tener güevos para renunciar a un súper trabajo, en un país extranjero y de lengua extraña.
Pero repito, yo estoy en crisis.
Ella está tranquila.
Cuando terminó de contarme cómo la supervisora le dijo que, al final de cuentas, la gorda fea con dientes de conejo era la clienta y que doña Martha se tenía que adaptar… Yo pregunté lo que una mente histérica como la mía puede pensar (leánlo con voz de pánico):
“Y ahora, ¿qué va hacer?”
Ella contestó, como si le hubiera preguntado qué comió hoy:
“Diay mamita: aplicar en nuevos lugares y ver qué pasa. Hay que tener fe, que Dios siempre provee.”
Como aprendi a decir adios
Posted on: 10 March 2010
- In: Familia | Vida
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Lo feo de las despedidas es la incomodidad del saber que solo Dios sabe cuando nos volveremos a topar en la vida. Personalmente creo que he aprendido a manejar el gran arte de decir adiós, hasta pronto, good bye, bon voyage, sayonara amigo! Instituyo que mi gran mentora es mi madre.
Cuando era pequeña no miraba atrás: me dejaba en el Kínder Estrellitas Juguetonas, me daba un beso, me persignaba, me daba la bendición y se iba. Yo quedaba cual Magdalena, desolada, bañada en mocos y lagrimas… pero nunca miraba atrás. Las pocas veces que me fue a dejar a la escuela, más bien me empujaba para que entrara y siempre con la suspirada frase: “Ay pero que chiquita, que me tengo que ir a trabajar.”
El 11 de agosto del 2000 fue la prueba de fuego: me fui un año entero a vivir a Estados Unidos de intercambio. Todos me acompañaron al aeropuerto: papá, mamá, hermanos y hermana. Cuando llego el momento, lloré. Le repetí mil veces que ya no me quería ir, que por favor, que tenía miedo, que no la quería dejar, que por lo que más quisiera, que por Diosito que nos mira en los cielos, que esto, que lo otro… ella solo me miro con sus ojos llorosos y me dijo: “Usted se va a ir para vivir todo lo que yo no pude.” Me fui y no me arrepiento. Si no hubiera sido por los huevos de mi madre, quien sabe que sería de mí.
En abril del 2007 fue otro momento histórico en mi familia: ella se fue a vivir a Pensylvannia. Claro!, la diferencia es que ella se fue y cada mes nos decía que regresaría en dos. Por supuesto, llego el momento en que ya no le creíamos y le dejamos de preguntar. Volvió el año pasado, pero se volvió a ir. Regreso este año, pero hoy se regresa.
La visite tres veces a Potato Land. Cuando llega el momento del adiós, siguen las lagrimas, los mocos, los ruegos y cuanto timo se me ocurre para que se regrese conmigo… pero nada funciona. En el aeropuerto hay un gran abrazo, un te amo mucho y tan pronto se va sin voltearse, empiezo a sentir la emoción de lo que implica viajar.

Siento que de no ser por su falsa indiferencia hacia el adiós, hoy estaría echa un mar de mocos en la oficina, acostada debajo de una mesa, con dolor de cabeza y esperando que mi jefe no llegue a buscarme… un momento… creo que eso si me paso hace un tiempo… Pero el punto es que a pesar de todo, la verdad me sobrepongo más rápido que mis hermanos, por ejmplo.
Sin duda decirle adios es duro y vivir lejos de ella es difícil, especialmente cuando tengo problemas con el trabajo, los hombres, mis amigos, la vida y cuando llega el recibo del celular.
