
Sabés que te estás leyendo un buen libro cuando tenés que parar de vez en cuando nada más que para decir … hijueputa
A los 7 años empecé a leer y desde entonces, no he parado. Con Carmen María, mi profe de 3ro a 6to, comenzó mi amor por los libros y se incrementó cuando fui descubriendo su propósito oculto: documentar la cultura, exponer creencias, compartir experiencias.
Desde entonces, 400 y pico de libros han pasado por estas garras devoradoras de literatura, siendo uno de los primeros, no otro que Fray Perico y su Borrico de Juan Muñoz Martín.
¿Cómo tengo ese número? Muy fácil: desde pequeña he sido obsesiva compulsiva rara loca adicta deslumbrada por las listas y siempre he mantenido una con todos los libros que he disfrutado en la vida de la existencia. Hace poco me encontré una versión en uno de mis viejos diarios y figuraban cerca de 300, como Las Aventuras de Tom Sawyer de Mark Twain y Corazón de Admundo de Amicis…
…y hay que sumarle los que me he leído desde entonces…
Lo de las listas explica por qué me compré Los 1001 Libros que hay que leer antes de morir (versión en español) y elaboré una hoja de cálculo en Excel donde mantengo la lista completa y categorizada: los que ya tengo, los que he leído, los que he visto la película, los que han ganado nobel de literatura y los que sé que existen, pero que no he logrado conseguir. También incluyo el título, el autor, el siglo en que fue escrito, el país de origen y el título original (nunca he dicho que yo sea normal, ¿o sí?)
Gracias a esa maravillosa recopilación, me he leído títulos que jamás hubiera considerado como Siddhartha de Herman Hesse, El Péndulo de Foucault de Umberto Eco o Pedro Páramo de Juan Rulfo.
Pero no me limito a esta famosa lista. También he pasado por novelas que desgarran el alma, como Cometas en el Cielo de Jaled Hosseini; obras de arte como El Mundo de Sofia de Jostein Gaarder; y los que tenés que parar porque tenés que comer, como The Poisonwood Bible de Barbara Kingsolver.
Y si algo es cierto, es que no discrimino ninguno, menos si me lo prestan. Todavía me acuerdo de aquella tarde que el hijo de un jefe me prestó Harry Potter y la Piedra Filosofal de J.K. Rowling.
Desde ese momento soy fanática de Harrycito querido, al punto de haber ido a una librería en Estados Unidos a media noche, no solo a comprar la primera edición de Harry Potter y el Cáliz de Fuego, si no que a disfrutar de una fiesta mágica (hecho ocurrido en el 2005, en Barnes and Nobles de Baltimore, MD. Quiero agradecer eternamente a mi cuñado, quién se quedó en la fila para ser los 3ros en comprarlo, mientras la otra hija de doña Martha y yo disfrutábamos de trucos y comida gratis)
He llegado al extremo de no dormir, con tal de terminar un libro: Harry Potter y las Reliquias de la Muerte (para lo cual, son testigos mis dos exroomates), el cual lo terminé en dos días y una noche.
Así es como me he creado fama de ávida lectora, además de que siempre ando un libro (una vez mi amiguito el Cinta Azul supo cual era mi cartera porque adentro estaba El guardián entre el centeno de J.D. Salinger)
Hay quienes me han pedido recomendaciones. Algunos les he dicho de La Fiesta del Chivo de Mario Vargas Llosa, a otros de Los hombres que no amaban a las mujeres de Stieg Larsson (solo para que se lean el segundo, que es el mejor de la trilogía)
Pero, el mejor libro de todos los tiempos y el que recomiendo a verdaderos aficionados a la lectura, con las manos en el fuego y una escopeta apuntándome la sien, sin duda es Los Pilares de la Tierra, de Ken Follet: 1359 páginas que, sin mentirles, generan sentimientos: furia, alegría, esperanza y alguna que otra lagrimilla. Eso, mis queridos, es algo que no lo hace cualquiera.
Se los juro que el antagonista infunde las ganas de proceder con las peores torturas maléficas. Una anhela el amor de los protagonistas, porque no puede haber algo más bello. La historia te atrapa y está tan bien estructurada que, aún y a pesar de los miles de detalles, simplemente no se puede parar de leer… NO. SE. PUEDE.
Leído Los Pilares, se tiene que seguir con Un mundo sin fin. La portada es tan linda y el libro es tan grande, que bajándome del bus, una señora me dijo: “Ay, tan bonito ver a los jóvenes cargando La Santa Biblia. La felicito.”
A lo que yo contesté: “¿Verdad que sí? ¡Gracias!”
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